lunes, 19 de mayo de 2014

Los granujas (homenaje a Truffaut: "Les mistons")

LOS GRANUJAS
(Homenaje a Truffaut)
Nuria Ortiz Pérez-Ojeda

                       
 
                                                                                                
Ese cálido verano dejó una huella indeleble en nuestras cinco vidas. Fue un verano diferente a los demás. Como todos los años, mis amigos y yo comenzamos a perseguirla de nuevo. Aquel verano, ella estaba más alta, más guapa… La muchacha se llamaba Bernardette. Todos los días por la mañana salía a dar un largo paseo con su bicicleta. Estaba hermosa con su larga falda de algodón suave. Siempre llevaba los mismos vestidos: su camisa de botones blancos y su larga falda blanca.
Era increíble observarla a escondidas cómo paseaba, con el calor de una mañana de agosto, por ese camino, pedaleando como si nunca existiera un mañana. Sus telas resplandecían con la luz del sol, las hojas de los árboles dibujaban su silueta en su ropa y el viento hacía bailar su cabello de una manera espectacular. Sus ojos eran preciosos, eran de un suave color azul celeste que brillaban cuando sonreía. Su cabello era castaño, un castaño resplandeciente que brillaba con la luz del sol. Ella era, para nosotros, un rayo de luz amarillenta que pasaba a toda velocidad por delante de nuestros propios ojos. Nos deslumbraba su forma de observar el cielo mientras pedaleaba, para que el viento acariciara suavemente su rostro. Esa deslumbrante sonrisa nos hacía olvidar la barrera invisible que nos separaba de ella.

Nosotros éramos unos verdaderos trastos. Unos niños que tan solo pretendían fastidiar la intensa relación entre la joven y ese tal Gerad. Sin duda, para Bernardette debía de ser su príncipe azul, por su forma de mirarlo, de sonreírle, de besarlo… Verdaderamente los dos jóvenes no dejaban de ser perfectos el uno para el otro, hacían buena pareja.

En cuanto a ella, la seguíamos allá donde iba. Un día fue con el joven a jugar al tenis a un pequeño campo entre los árboles. Nosotros, escondidos entre aquellos largos y secos matorrales, observábamos aquel impactante movimiento de caderas que la joven provocaba para golpear la pelota. El viento obligaba a que esas suaves telas que vestía y esa faldita blanca se elevaran tímidamente, mostrándonos algo más íntimo de su cuerpo.

En fin, ella era hermosa, mirándola de frente o de espalda, daba igual: era perfecta de pies a cabeza. Sin hablar de qué forma nos hechizaba con su tímida, pero bonita sonrisa que, de vez en cuando, se le escapaba mientras pedaleaba.

        Para nosotros cinco, cada día observándola era como estar en las nubes, como si un rayo de luz nos cegara y nos impidiera ver y saber más sobre aquella espectacular muchacha.

Pero un día otoñal, el joven Gerad tuvo que marcharse a escalar una peligrosa y resbaladiza montaña. En fin, el muchacho le prometió a su joven amada que volvería, pero esta vez, para casarse con ella y permanecer unidos el resto de sus vidas. Esto último a mis amigos y a mí no nos hacía mucha gracia, pero al reflexionar, te das cuenta de que el amor está compinchado con el destino de dos personas que se aman, y eso no se puede evitar. Ella, con una tímida e insegura sonrisa, afirmó la propuesta del muchacho.
 

Se despidieron con el fin de reencontrarse en un futuro que nunca llegó. Él nunca volvió. Supongo que trató de impedirlo, pero no pudo. Aquel día descubrimos por primera vez la tristeza de la joven, al comunicarle que su prometido murió en aquella peligrosa escalada.

Bueno, aquel verano fue diferente. Ninguna de nuestras cinco vidas vivió aquel trágico accidente. Descubrimos la importancia de lo que es estar vivo o fallecer como murió aquel joven, estando prometido con su amada y afirmándole que volvería sano y salvo, para su ansiada boda.
Las cosas cambian, el destino varía, pero dos personas no dejan de quererse, estando vivas o definitivamente ausentes.











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